Adiós, Johan Cruyff
Despedimos al gran Johan Cruyff, uno de los grandes futbolistas de todos los tiempos.
Por Adán Medellín (@adan_medellin)
Le decían patilargo, melenudo, que no tenía cuerpo para el futbol. Pero Johan Cruyff (1947-2016) comprobó que la genética privilegiada y la maestría del genio tienen caminos que no siempre se cruzan. Lo sabía porque antes y después de él, los más grandes con la pelota no eran por obligación un portento físico: Pelé era relativamente bajo de estatura, Garrincha tenía una pierna más corta que otra, Maradona era pequeño y rechoncho, los problemas de crecimiento de Lio Messi son ahora una anécdota más que adereza su título como el mejor jugador de nuestra época.
La pelota lo acompañaba a todas partes, desde que se enamoró del club de sus amores, el Ajax, al que iba a entrenar porque quedaba a la vuelta de su casa. Películas caseras lo muestran de niño haciendo dominadas con la cabeza o tirando túneles entre las piernas de sus amigos de barrio. Contra toda recomendación física, fue un fumador empedernido hasta principio de los noventa, algo que no parecía estorbar su rendimiento ni su claridad mental en el campo.
Recordado sobre todo por su etapa futbolística en el Ajax y en el Barcelona, Cruyff plasmó en las canchas la revolución ideada por Rinus Michels y materializó un par de símbolos idealistas muy ad hoc con la corriente libertaria del pensamiento de los años 70: el mote de “La naranja mecánica” para la selección holandesa y el “Futbol Total”, emblema de una extraña anarquía organizada en el terreno de juego, con recorridos, rotaciones, esfuerzos solidarios y posesión del balón.
Nunca miré en vivo jugar a Cruyff, pero como todo aficionado sin redención, he visto sus videos. Se recargaba a jugar del centro a la banda izquierda del campo, conducía elegantemente con la cabeza levantada, tenía una visión de campo notable, definía con gran clase, podía desparramar defensas con su regate a gran velocidad o hacer el famoso “rondó” en su propio córner. Hace unas semanas, a raíz de un penal indirecto en un partido liguero del Barça, el futbol recordaba el cobro similar de Cruyff jugando para el Ajax en el 82 como una muestra de lo imprevisible en la jugada más directa en el campo. ¿Quién instituyó como ley que el penalti le pertenece sólo a una pierna? Ahí donde la lógica ordena fusilar sin reparo, la picardía del holandés rompía los esquemas.
Recuerdo sobre todo su cara de abatimiento al perder la final de 1974 ante Alemania, su melena a lo último Beatle, su espigado cuerpo en el medio campo. Una imagen fotográfica de Cruyff arrodillado al lado de Beckenbauer atestiguaba una lucha sin cuartel que sigue repitiéndose con dramatismo en los estadios y televisores: la magia que pierde contra la efectividad en el balompié contemporáneo. También persiste su paso como técnico del Barcelona y la reingeniería futbolística que causó en la Ciudad Condal, creando y asesorando la filosofía de juego que rindió frutos en el nuevo siglo y ha convertido al equipo blaugrana en uno de los clubes más elegantes y exitosos del mundo.
Su vinculación con el Guadalajara en nuestras tierras es quizá el último referente anecdótico para un hombre que pareció inalcanzable en su diversidad de intereses y fue reconocido en la pléyade del futbol como miembro de un Olimpo donde se menciona a genios como Pelé, Maradona o Di Stefano. Símbolos del futbol armónico, creativo, espontáneo, inteligente y estilizado, narran una era que ahora nos parece casi inocente en contraste con un mundo futbolero poderoso económicamente, investigado por escándalos de corrupción, que produce una inmediata celebridad publicitaria donde abundan ídolos de humo.
Diversos futbolistas del orbe han ofrecido sus respetos para decirle adiós al gran flaco holandés, fallecido por un cáncer de pulmón. Me quedo con las palabras del joven atacante francés Antoine Griezmann, quien citó en su cuenta de Twitter una frase del eterno número 14 en su playera naranja: “Jugar al futbol es muy sencillo, pero jugar un futbol sencillo es la cosa más difícil que hay”. La sencillez casi taoísta del balompié de Cruyff seguirá tocando al futbol moderno, como una solución esencial a la táctica fija, la mediocridad y el aburrimiento, como una estampa luminosa que nos hace creer y disfrutar del juego que nos apasiona a tantos.
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