Por Jaime Garba
@jaimegarba
#LibrosAlDesnudo
Hay un capítulo de “Crónicas Marcianas” de Ray Bradbury que me fascina por la representación de la importancia de la lectura, éste se titula Usher II y narra la historia de un experto en literatura llamado William Stendahl que residente en marte recibe una visita inesperada que lo obliga a cometer un asesinato emulando las circunstancias del cuento “La caída de la Casa Usher”, de Edgar Allan Poe. Lo magistral de esta narración es cómo nos echa en cara que algo tan natural como leer puede salvarnos la vida, pues si el personaje asesinado hubiese tenido el atino de leer a Poe, habría conocido su destino pudiendo quizá evitarlo. Les compartiré el breve fragmento que engloba lo que digo: “¿Garrett? -llamó Stendahl en voz baja. Garrett calló-. ¿Sabe usted por qué le hago esto? Porque quemó los libros del señor Poe sin haberlo leído. Le bastó la opinión de los demás. Si hubiera leído los libros, habría adivinado lo que yo le iba a hacer, cuando bajamos hace un momento. La ignorancia es fatal, señor Garrett.” (Crónicas Marcianas, RayBradury). Los promotores de lectura dicen y dicen miles de veces, cuales rezos matutinos tratando de purificar las almas de los mexicanos, que leer nos hará mejores personas, que el país se desarrollará más y mejor, y que no dentro de mucho tiempo, siendo una nación lectora, figuraríamos entre aquellas patrias de primer mundo que viven entre la opulencia económica y social. De eso ya hace muchos años y no se han notado cambios, inclusive entre quienes sí leen podemos encontrarnos a cada nefasto que refuta en un segundo aquella sentencia. Pero lo que se entiende un poco más, es cómo la lectura tiene su lado funcional, por ejemplo, y partiendo del caso de Bradbury, recuerdo cuando a un amigo en la Ciudad de México la grúa se llevó su auto porque la noche anterior, para entrar al departamento de su novia, se estacionó afuera de un bar que tenía un letrero que decía: “prohibido pernoctar”, mi cuate no conocía el significado de aquella palabra y eso le costó algunos cientos de pesos.
Pero la lectura tiene muchas connotaciones y cuando hablo de adicción quizá estarán de acuerdo en aquella como una necesidad gloriosa de clavarnos en la literatura como quien podría comer un pasteles todos los días sin engordar o ver elevada su azúcar. Ciertamente el dicho de que todos los excesos son malos tiene cabida en el acto de leer, pero si vemos la adicción en su acepción 2.- que dice: entrega, adhesión; podríamos entender cómo es que mucha gente lee mientras espera en la fila del banco, mientras hace spining, al caminar o en cualquier momento en que la propia seguridad no esté comprometida. A estos tipos de lectómanos no les cabe el título de snobs, porque la lectura no es pretensión o pose, aquí sí vincularía el sentido del otro tipo de adicto, porque existe similitud en la figura mas no en la forma: alguien que abusa de drogas o alcohol no lo pregona, más bien lo oculta, lo niega, así un lector no se interesa en medir cuantitativamente sus lecturas o en pregonarlo a los cuatro vientos, para él es algo natural. La lectura preocupa a quienes se asustan porque los lectores prefieren quedarse en casa a leer en lugar de irse de fiesta o salir a jugar un partido de fútbol, pero el consumo de la palabra nutre el alma y la imaginación, no concibo a alguien que le haga mal una sobredosis de historias.
Cuando leí por primera vez “Farenheit 451” de Bradbury, sobre todo aquella parte donde los amantes del libro tenían que vivir aislados de la sociedad por ser lectores, y donde adoptaron como su misión preservar la literatura por medio de la memorización de obras, volviéndose cada uno el libro que leían, para después legarlo a las nuevas generaciones; pensé que la imaginación del escritor norteamericano era grandiosa, pero poco después me enteré que casos similares habían existido, como en los campos especiales de concentración nazis donde los judíos permanecían seis meses como pantalla de que se respetaban sus vidas, tiempo en el que aunque estaban prohibidas ciertas lecturas, contaban con diminutas bibliotecas y libros ingresados de contrabando que memorizaban hasta recitarlos cada noche para dotar de unos momentos de paz y divertimento a los internos en instantes donde la fe no existía.
La adicción por la lectura la padecemos, creo, todos de alguna forma, cuando algún párrafo nos entra en la memoria sin pensarlo siquiera, cuando una escena se enclaustra en nosotros y sale a relucir bajo ciertas circunstancias; es asombroso darnos cuenta de que en una conversación sacamos como barajas, una tras otra, referencias obtenidas de la literatura porque ya forman parte de nosotros. A mí me pasó con Ana Karenina de Tolstoi y su histriónico lance a las vías del tren, o Pip y su corazón roto en Grandes Esperanzas de Dickens, o con el fiscal Félix Chacaltana de Abril Rojo de Santiago Roncagliolo, que entrevistando al líder de Sendero Luminoso recibe como respuesta a si cree en el cielo: “Creo en el infierno porque vivo en él… el infierno es no poder morir”.
Así entonces, la lectura como adicción nos demuestra que no compite con otras áreas de nuestro ser, que se hace espacio en nosotros y que si se lo permitimos quizá nos salve la vida, literal o de muchas otras formas.