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Michael Phelps: El hombre que dividió las aguas

Por: Staff FT 09 Ago 2016

Michael Phelps: El hombre que dividió las aguas

Esta es la historia del nadador estadounidense, el atleta más ganador en JJOO

La revelación pintaba una escena común pero explicaba algo extraordinario: “En invierno, a las 5:30 de la mañana, cuando no quería levantarme y entrenar, me obligaba a encender la luz y mirar dentro de mi gorra”. En 2004, Michael Phelps contaba esto al diario británico The Guardian.

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Una palabra hacía el truco: Atenas, bordada en el interior de su gorra, le recordaba los próximos Juegos Olímpicos: “Cuando la leía, me levantaba, tomaba mi bolsa y me iba a la piscina”.

En su niñez nadie habría pensado que la capacidad para enfocarse sería una de las armas más poderosas en la carrera de Phelps. Era inquieto desde el kínder y cuando tenía nueve años, una de sus maestras le dijo a su madre, Debbie: “Michael no puede concentrarse en nada”. Lo diagnosticaron con Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (ADHD por sus siglas en inglés) y comenzó a tomar Ritalin, medicamento utilizado para tratar la hiperactividad.

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Pero apareció un remedio más efectivo para encausar su energía: la natación -practicada por su hermana Whitney-. Los resultados fueron asombrosos: el niño que no podía estar quieto cinco minutos en la escuela, esperaba sentado durante horas su turno para nadar en las competencias.

Eventualmente, Michael le dijo a su madre que no quería más la medicina; ir a la enfermería de su escuela durante el recreo para tomar su pastilla lo hacía sentirse señalado y no lo quería más. Su apretada agenda con entrenamientos y competencias le había dado la estructura suficiente para concentrarse sin necesidad de medicamentos. Para Atenas 2004, sus segundos Juegos, estaba a punto en buena medida gracias a su capacidad para enfocarse.

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Tenía solo 15 años en Sydney 2000 y le sirvió para acostumbrarse a los grandes escenarios: “Estaba orgulloso simplemente de haber entrado al equipo olímpico de Estados Unidos. Fue mi primera competencia internacional”. Atenas representaba la oportunidad de ganar su primera medalla olímpica. Su patrocinador Speedo le prometió un millón de dólares si igualaba la hazaña de Mark Spitz en 1972: siete de oro.

Pero no todos creían en él. Don Talbot, entrenador del equipo australiano decía: “Quienes piensan que es tan grande como Ian Thorpe están locos”; Ian sentenciaba: “Siete oros en Atenas son imposibles para mí y para cualquiera”. Acertó, pero Phelps ganó más medallas que él: ocho -seis oros- contra cuatro -dos oros-.

La declaración de Thorpe se le quedó a Michael: la recortó de un diario y la pegó en su casillero como motivación… y funcionó: en Pekín 2008 no ganó siete, sino ocho oros.

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El Pez Volador era el nadador olímpico más exitoso y habría más. Hasta entonces, la gimnasta soviética Larisa Latynina era la atleta más ganadora de los Juegos Olímpicos, con 18 medallas (nueve oros, cinco platas y cuatro bronces). “Sería cool reescribir la historia en Londres” dijo Phelps previo a Londres 2012.

Pero no sería fácil. Y no porque hubiera perdido sus ventajas naturales (sus brazos extendidos medían 2.03 metros, 10 centímetros más que su altura y sus pies se doblaban hacia atrás 15 grados más que otros nadadores). Pero había perdido la disciplina. Antes de 2008, era famoso por su entrenamiento obsesivo: “Día de acción de gracias, Navidad, Año Nuevo… no he dejado de entrenar ninguno de esos días durante años”.

En diciembre de 2007, por ejemplo, entrenó en La Loma, las instalaciones de alto rendimiento en San Luis Potosí, México, y la noche del 31 llevó a sus compañeros de equipo a la piscina para recibir el nuevo año nadando. Se rumoró que había hecho solo una pausa a la medianoche para comer sus 12 uvas. Leyenda o no, la rigidez de su disciplina era cierta.

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Después de Pekín eso cambió: “No quería entrenar, no me entusiasmaba”. El punto más bajo llegó cuando fue captado, en 2009, fumando mariguana en una pipa; fue suspendido del seleccionado norteamericano y perdió el patrocinio de Kellogg’s.

En 2010, según sus palabras, recuperó “la pasión” por prepararse, ayudado por su entrenador, Bob Bowman: “Quiero que Michael se entrene tanto como sea posible para enfrentar lo que viene”. Lo hizo tanto que en Londres hizo algo más que cool.

Tres medallas le habrían bastado para superar a Latynina, pero ganó seis y se convirtió en el máximo Dios del Olimpo, el atleta más ganador en la historia de los Juegos, con 22 medallas. Anunció que se retiraría tras esos Olímpicos, pero a inicios de 2015 hizo pública su intención de competir en Río 2016.

No ha sido sencillo: en 2014 fue arrestado por manejar ebrio y ha tomado tratamiento contra la depresión: “Estaba en un lugar muy obscuro -dijo el año pasado en una entrevista-, no quería vivir más”.

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Por fortuna para él y “para el deporte” -según una de las nuevas figuras de la natación, el sudafricano Chad le Close-, el Pez Volador está en camino de agrandar su leyenda aún más.

En Río creció ya su colección de medallas (con el oro en relevos de 4 x 100 libres), pero la calidad legendaria de Michael Phelps era incontestable antes incluso de que lo lograra. “Quería cambiar este deporte y llevarlo a otro nivel. Esa ha sido una meta desde que tenía 15 años”. Pase lo que pase este verano en Brasil, la natación estará siempre dividida en antes y después de la Bala de Baltimore, el niño que desafió a su propia mente para convertirse en el máximo Dios del Olimpismo.

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